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La regularización transforma comunicaciones administrativas en futuros posibles: un empleo, estudios, atención sanitaria o el reencuentro con la familia. Estas historias de personas acompañadas por Málaga Acoge muestran que tener derechos no resta a la sociedad: suma vecindad, trabajo, cuidados y convivencia. Reflexionamos sobre este tema en nuestra última columna en el espacio compartido con otras asociaciones en La Opinión de Málaga. Puedes acceder a ella AQUÍ. También la copiamos a continuación:
En Málaga Acoge recibimos estos días unas noticias que, aunque llegan en forma de comunicaciones administrativas, tienen el peso de una vida entera. Primero fueron las admisiones a trámite. Después, las resoluciones favorables del proceso de regularización extraordinaria. Para quienes las reciben, cada una de ellas significa mucho más que un documento: es la posibilidad de trabajar con un contrato, estudiar, acceder a la Sanidad, visitar a la familia o, sencillamente, caminar con menos miedo.
Por eso conviene detenerse en sus historias. No para convertirlas en relatos excepcionales, sino para recordar algo que el ruido político y los discursos de odio intentan ocultar: hablamos de personas que ya forman parte de nuestros barrios y de nuestra vida cotidiana.
Una de esas personas es Johan. Tenía 22 años cuando llegó solo desde Colombia. En su país estudiaba Ingeniería Física, pero las dificultades económicas de su familia le llevaron a trabajar y a viajar a España. Sus primeros meses aquí fueron muy duros: llegó a dormir en el coche de un amigo y acudió a comedores sociales antes de conocer Málaga Acoge. Ahora trabaja, comparte vivienda con otros jóvenes y empieza a mirar de nuevo hacia los estudios. Cuando recibió la resolución favorable necesitó «diez o quince minutos» para asimilar la noticia. Después llamó a su madre. Su permiso no le resuelve toda la vida, pero le permite organizarla. Le devuelve un horizonte.
Gabriel, de 19 años, también ha conseguido la residencia. Quiere estudiar Informática, encontrar un empleo y seguir avanzando. Durante el proceso no se limitó a presentar su propia solicitud: fue voluntario en Málaga Acoge, ayudando con traducciones y trámites a otras personas. Ayudar a la gente sin esperar algo a cambio le hace feliz. Su historia cuestiona la imagen de la persona migrante como alguien que solo recibe. Gabriel ha sido acompañado y, a la vez, se ha convertido en apoyo para otras personas. En esa reciprocidad se sostiene buena parte de la convivencia: nadie sale adelante completamente solo y todas las personas podemos contribuir.
Esa voluntad de acompañar a otras personas está también presente en la historia de Karima, que ha logrado la residencia. Esta voluntaria y dinamizadora comunitaria en prevención de violencias machistas destaca que la regularización abre caminos hacia una vida digna y con derechos. Durante el proceso, esta mujer marroquí acompañó a otras personas que solicitaban regularizar su situación y, ahora, trabaja mientras realiza un curso de gestión de equipos.
Por su parte, Marycel expresa con una frase el cambio que representa la regularización: «Una deja de ser invisible para ser visible». Llegó desde Colombia después de años de desempleo y terminó trabajando como interna en los cuidados, con jornadas interminables y sin apenas descanso. La admisión a trámite de su solicitud le dio seguridad y confianza. La resolución favorable le llegó hace unos días mientras trabaja con un contrato en prácticas en una empresa.
Como muestran estas historias, regularizar no significa sólo ‘dar papeles’. Estos testimonios cuentan otra cosa. La regularización no borra las dificultades ni garantiza una vida fácil. Pero sí permite que una persona deje de estar atrapada en la irregularidad y pueda ejercer unos derechos que son básicos.
En la historia de Roberto, esos derechos están ligados también a la posibilidad de reencontrarse con su familia. Cubano, de 56 años, lleva cinco viviendo en Málaga. Durante mucho tiempo trabajó sin contrato para pagar el alquiler, comer y ayudar a sus hijos. La falta de documentación le impidió viajar y volver a su país. No pudo despedirse de sus padres y todavía no conoce a su nieta. Con el avance de su proceso ha podido firmar un contrato de trabajo. Acaba de recibir la notificación de su residencia. Su sueño es viajar a Cuba, conocer a su nieta. También, reunirse con su mujer y un hijo que dejó pequeño. Ese es el supuesto privilegio que algunos discursos presentan como una amenaza: trabajar con contrato, tener estabilidad y abrazar a la familia.
Guido, argentino, resume lo que significa dejar de vivir en el margen: después de que su solicitud fuera admitida a trámite, pudo empadronarse, acceder a la tarjeta sanitaria y recibir una oferta de contrato. Él considera que todos estamos en el mismo barco, que no hay diferencias. Para Lorena, la regularización ha estado vinculada a la salud. Después de más de veinte años trabajando como abogada, decidió quedarse en España tras ser diagnosticada de Parkinson y ante las dificultades para acceder en su país a la medicación que necesita. Su proceso le ha permitido contar con un número de la Seguridad Social y acceso al sistema sanitario.
Junto a estos avances, también hay que advertir que, frente a estas personas que han recibido respuesta, miles que presentaron sus solicitudes entre abril y mayo siguen esperándola con mucha incertidumbre por las demoras y trabas burocráticas.
Todo esto ocurre mientras la situación vivida en Ceuta ha alimentado una gran polarización y deshumanización. La entrada de personas migrantes en la ciudad autónoma ha sido utilizada para difundir mensajes que presentan a quienes migran como una amenaza. Los contenidos de odio y narrativas discriminatorias llenan las redes sociales. Ante este contexto, hay que preguntarse qué sucede cuando las políticas públicas se explican únicamente desde el conflicto, la frontera o el miedo. Las personas dejan de tener nombre y se convierten en una masa, en objetos. Sus historias se borran. Y cuando se borra la historia, resulta más fácil negar la humanidad.
Frente a esa mirada, estas historias de vida nos devuelven la realidad concreta. La regularización es una respuesta para personas que ya son de aquí, que han vivido, trabajado, cuidado, estudiado y creado vínculos en España.
Desde esa realidad, la apuesta de Málaga Acoge es clara: tienen derecho a tener derechos. No se trata de idealizar ninguna historia de vida ni de negar los retos de la migración. Se trata de rechazar que la irregularidad condene a alguien a la exclusión, al miedo o a ser invisible. Creemos que los derechos suman. Cuando una persona obtiene derechos, no pierde la sociedad. Gana una vecina, un trabajador, una estudiante, una cuidadora, un voluntario, una compañera. Gana la convivencia.
En tiempos de tantos mensajes rápidos y etiquetas que deshumanizan, conviene escuchar con atención a quien quiere estudiar, necesita un contrato, desea conocer a su nieta o simplemente quiere vivir con dignidad. Porque, como bien dice Guido, todos estamos en el mismo barco.





