![]()
Guido Presa tiene 36 años, es argentino, escritor y, como él mismo dice, también “viajante por búsqueda personal”. Su historia, sin embargo, también tiene raíces en España: su bisabuelo era de la provincia de León, un vínculo que hoy conecta con su propio proceso migratorio y administrativo. Actualmente, su solicitud de regularización ya ha sido admitida a trámite, mientras sigue esperando la resolución de su ciudadanía española a través de la conocida como Ley de Nietos, un proceso que lleva esperando hace más de dos años.
Llegó a Málaga en noviembre de 2024 desde Lyon, después de un recorrido vital marcado por el movimiento, el aprendizaje y la adaptación constante.
Su historia está atravesada por los viajes. Tras la pandemia, decidió salir de Argentina y pasó un año en Nueva Zelanda. “No sabía hablar inglés”, cuenta, “pero después de seis meses aprendí hablando con la gente y por necesidad”. Más tarde, vivió en Francia, donde trabajó en hostelería y limpieza, aunque también experimentó situaciones duras: “En Francia me hicieron trabajar un mes entero sin día libre, 12 horas al día”.
A pesar de esas experiencias, Guido mantiene una mirada profundamente humana sobre la migración: “Yo siento que estamos todos en el mismo barco y que no hay diferencias”. Su propio recorrido le ha llevado a reafirmar esa idea, convencido de que “siempre que necesité una ayuda alguien me ayudó”. Por eso, añade, “un inmigrante es un hermano para mí”.
En España encontró algo que necesitaba: el idioma, pero también un entorno donde empezar a echar raíces. “Vine porque necesitaba el contacto con mi idioma”, explica. Durante un tiempo cuidó una finca en Colmenar a cambio de alojamiento, y hoy combina varios trabajos: desde el mantenimiento de una finca cerca de Loja hasta tareas de limpieza, jardinería o pintura. “Trabajo desde los 16 años”, cuenta, “y me encuentro limpiando, algo que no tengo problema para hacer, hasta me gusta”.
Su historia también está muy ligada a su familia. Es uno de cinco hermanos y tiene un hermano mellizo con quien mantiene un vínculo muy cercano. Después de dos años sin verse, sus padres ya pudieron visitarle en Málaga, y en pocas semanas espera reencontrarse también con su mellizo, que vendrá a verle. Esos encuentros, aunque puntuales, son una forma de acortar la distancia que impone la migración.
Actualmente vive en Málaga, en el barrio de El Palo, un lugar con el que ha conectado especialmente: “Me gusta mucho la identidad, la cultura, la expresión de la gente en la calle”. También destaca el trato recibido en la ciudad y el apoyo que ha ido encontrando en el camino. Conoció Málaga Acoge a través de dos de nuestras personas voluntarias, Humberto y Lorena, con quienes comenzó su acercamiento a la entidad.
Su proceso administrativo ha avanzado recientemente, y eso ha supuesto un cambio importante en su día a día. “Ahora que admitieron mi solicitud me quieren hacer un contrato”, comenta. También ha podido empadronarse y acceder a la tarjeta sanitaria, pasos que celebra como pequeños grandes logros en su proceso de estabilidad.
Pero más allá de lo práctico, Guido habla del impacto emocional de migrar. “Implica un desgaste muy fuerte estar en otro país, el duelo migratorio”, explica. “Lo bueno y lo malo, la alegría y la tristeza en la distancia se siente muy fuerte”. Aun así, encuentra formas de sostenerse: sus rituales, como tomar mate, le conectan con su origen. “En ese sorbo por tres segundos estoy en Argentina”.
La escritura ocupa un lugar central en su vida. Participa en talleres de escritura y espacios colectivos, y define su práctica como una herramienta para entenderse: “Escribo para entender lo que me pasa. Textos cortos que dicen mucho”. En Málaga, siente que ha descubierto una parte de sí mismo: “Hay una parte mía que estaba esperando ser descubierta y la encontré aquí”.
Su mirada también es política y social. Ha participado en movilizaciones, como la manifestación por la vivienda, y reflexiona sobre los discursos que cuestionan la integración de las personas migrantes: “Hay población que se deja llevar por esa idea, pero yo encuentro barrios con mucha entidad, con organización y con ganas de luchar”.
A corto plazo, su deseo es claro: “Si me sale la regularización quiero hacer base en Málaga”. Quiere formarse, estudiar y seguir construyendo su camino, sin dejar de lado su espíritu viajero. Porque, aunque reconoce que “nunca un migrante se siente del todo en casa”, también afirma con convicción: “Me gusta Málaga como hogar”.
Y mientras tanto, sigue avanzando, apoyado en una idea que le acompaña desde hace tiempo: “Si tienes creatividad puedes hacer todo. Y en eso estoy”.





