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El autobús avanza hacia Torre del Mar mientras Marycel habla de su vida, de sus trabajos y de los pasos que ha tenido que dar para poder comenzar una nueva etapa en España. Hace apenas un mes estaba a punto de comenzar una formación de servicio al cliente de dos semanas. “Yo no paro”, dice.
Marycel tiene 42 años, pero parece mucho más joven. Llegó a Málaga en 2024 desde Antioquia, Colombia. Nació en Caucasia, “un pueblito”, aunque la mayor parte de su vida transcurrió en Medellín. Allí estudió Secretariado y comenzó a trabajar en el ámbito del servicio al cliente y la actividad comercial. Más tarde, se incorporó al sector de la Construcción, en el que desempeñó tareas administrativas. Trabajaba durante el día y estudiaba por la noche Administración Financiera. Durante años tuvo estabilidad, un empleo y una vida hecha. Se casó, se divorció y siguió avanzando. Hasta que una crisis puso fin a su contrato. Cuando decidió marcharse a España, llevaba tres años sin empleo. “Estudié yoga y traté de abrirme camino, pero era muy difícil”, cuenta.
Llegó primero a Madrid acompañada por una amiga que regresaba a Colombia. Sin una red de contactos y, sin conocer todavía la sociedad de destino, encontró una salida laboral en los cuidados de personas mayores. Tuvo que pagar para conseguir su primer empleo. “Me tocó pagar porque no conocía a nadie”, explica. Así llegó a Granada, donde comenzó a trabajar como interna cuidando a una mujer. Estuvo allí dos meses y medio, haciendo jornadas que parecían no tener principio ni final: «Trabajaba 24/7. Sólo descansaba unas horas cada semana”.
El cuerpo empezó a avisar. Marycel perdió muchos kilos y sintió que se estaba poniendo enferma. Volvió a pagar a una intermediaria para que le encontrara otro empleo y se trasladó a Málaga, también como interna. Pero las dificultades no terminaron con el cambio de ciudad. Su último trabajo no pudo formalizarse y tuvo que marcharse. Le faltaba tiempo para realizar los trámites de su proceso de regularización y sus empleadores no le daban permiso. “Necesitaba tiempo para mí para poder hacer todos los papeles”, advierte.
Antes de dejar el empleo, les dio casi un mes para que pudieran encontrar a otra persona. Después comenzó una etapa de incertidumbre, gestiones y esperas, pero también de decisiones importantes. En ese camino, Marycel no estuvo sola. Sus amistades y su pareja le ofrecieron el apoyo que necesitaba para continuar: “Tengo suerte porque cuento con una red de apoyo de amigos que me ha dado la mano, y también con mi pareja, con la que vivo”. Afirma que compartir una vivienda le permitió enfrentar una situación que, de otro modo, habría sido todavía más difícil. Sabe que muchas mujeres no cuentan con esa posibilidad, sobre todo las que trabajan como internas y dependen completamente de las personas empleadoras: “Hay muchas mujeres internas que no han podido hacer el proceso por miedo a decírselo a sus empleadores”, denuncia.
Marycel forma parte del Sindicato de Trabajadoras del Hogar y los Cuidados (Sintrahocu) en Málaga, un espacio de organización, apoyo y defensa de derechos para las trabajadoras del sector. A través de esta entidad conoció Málaga Acoge y pudo acercarse a la información y al acompañamiento necesarios para iniciar su proceso de regularización.
Recuerda que acudió a uno de nuestros talleres informativos sobre el proceso de regularización. Presentó su solicitud en la asociación y comenzó a recorrer un camino que le devolvería algo más que un documento: la sensación de volver a estar presente. Ya ha recibido la admisión a trámite de su solicitud. “Recibirla me dio mucha seguridad y confianza. La alegría fue enorme”. Para ella, ese momento significó un cambio profundo. “Una deja de ser invisible para ser visible”.
Durante mucho tiempo había vivido con miedo. Al llegar a España desconocía sus derechos como persona migrante y tampoco sabía qué podía exigir o cómo protegerse. Ese no saber la llevó incluso a encerrarse durante sus descansos.“ Yo había normalizado la situación y ni siquiera salía por miedo a que mandaran para mi país”. Con la información y el acompañamiento recuperó poco a poco la confianza y la fuerza para reclamar su lugar e imaginar un futuro distinto. “Cuando empiezas a saber que tienes derechos te da un poco más de fortaleza y seguridad«.
Colaborar como voluntaria
Después de presentar su solicitud, Marycel decidió quedarse en Málaga Acoge colaborando como voluntaria. Quiso acompañar a otras personas que, como ella, llegaban con dudas, miedo y muchas preguntas. «Conocer las historias te llena el alma y también te la arruga», confiesa. El voluntariado le permitió ponerse al otro lado de la puerta, la misma a la que ella había llegado buscando respuestas. Allí encontró satisfacción, pero también impotencia.
Ahora Marycel tiene permiso de trabajo y está inscrita como demandante de empleo. Trabaja por días, “lo que me salga”, mientras busca una oportunidad que le permita avanzar. Su prioridad es trabajar con un contrato, cuidando quizá a una persona mayor, pero tiene claro que no quiere volver al empleo de interna. También mira más lejos: Ha podido homologar su título de Administración y aspira a encontrar un empleo relacionado con su profesión. Sabe que el camino laboral no es sencillo, también que parte de una experiencia que muchas veces no se reconoce: años de trabajo, responsabilidades, formación y capacidades que no desaparecen por cruzar una frontera. “Yo tengo una profesión”, recuerda.
Durante los momentos más difíciles dice que el yoga y la meditación fueron un apoyo fundamental. Cada sábado practicaba en un parque junto a otras cuidadoras y amistades, y cuenta que llegó a impartir cursos online gratuitos sobre el acompañamiento al final de la vida.
Mientras trata de encontrar trabajo, continúa apoyando a otras mujeres desde Sintrahocu y Málaga Acoge. También se mantiene cerca de su familia en Colombia mediante videollamadas, especialmente de su sobrina de cuatro años. Sueña con viajar a visitarla, aunque antes quiere regularizar completamente su situación, encontrar un empleo estable y recuperar su profesión.
«Ahora soy visible, una persona que quiere aportar y ser parte de esta tierra», concluye Marycel, cuya realidad refleja las dificultades de empezar de nuevo, pero también la fuerza que nace del apoyo y de conocer los propios derechos.





