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La entrevista transcurre en la mesa del salón, entre las tazas de café y las galletas que ofrecen Josemari y Paco. En esta casa, que han abierto a tres jóvenes extutelados a lo largo de los últimos años, el acompañamiento se cuenta también a través de pequeños gestos. En un momento de la conversación, Paco se levanta para cerrar la puerta: Imad duerme en una habitación al fondo y no quiere que las voces le molesten. Ha trabajado durante la noche.
Josemari y Paco llevan décadas cerca de Málaga Acoge. Estuvieron en las primeras reuniones de las que nació la entidad hace 35 años y la sensibilidad hacia las migraciones ha sido una constante en su comunidad religiosa, que mantiene una especial relación con Argelia. “Siempre nos ha acompañado la vinculación al tema de las migraciones”, recuerda Josemari. Al acercarse la jubilación, pensaron en dedicar parte de su tiempo al voluntariado.
Paco llegó a Málaga en 1980 y Josemari en 1987. “Como vocación siempre hemos querido vivir compartiendo la vida de la gente más sencilla”, explica Paco. Esa decisión ha orientado tanto sus trabajos como la elección del barrio en el que viven desde hace décadas. Allí, cuentan, todo el mundo se conoce y a ellos algunos vecinos les llaman “los misioneros”.
Para la fotografía que acompaña este artículo quisieron ponerse mirando hacia ese barrio, desde su terraza. La imagen los muestra de espaldas, asomados juntos a la calle: una escena cotidiana de la casa en la que han compartido buena parte de su vida.
Antes convivían con otros dos compañeros. Cuando estos fallecieron, surgió la posibilidad de ofrecer una habitación a alguien que la necesitara. Desde Málaga Acoge les propusieron acoger a un joven extutelado y abrieron la puerta.
El primero fue Eskofi, de Sierra Leona. Empezó pasando los fines de semana con ellos, cuando cerraba la residencia de la Universidad Laboral. Su salida de aquel alojamiento coincidió con la pandemia, que pasó en casa de Josemari y Paco. El contacto se ha mantenido desde entonces. Cuentan que estudió un grado de Informática, que ahora trabaja en Uber y que se casó con una mujer en Sierra Leona. Tienen un niño, Mamadou.
Después llegó Mustafá y, más tarde, Imad, ambos de Marruecos. Imad lleva tres años viviendo con ellos y tiene 23. Josemari y Paco rondan los setenta y reconocen que la diferencia de edad se hace notar. “El hecho de acoger a estos jóvenes te revuelve la vida y te hacen ver que eres un abuelo”, dice Josemari. Hay un salto generacional que a veces les desconcierta y les deja sin referencias. La convivencia trae también preocupaciones muy concretas. “Estás medio despierto cuando sale de noche y respiras cuando llega”, explica José Mari. Ofrecer un plato de comida y un techo resulta sencillo. Lo más complicado es acompañar en lo personal: cuando los ven tristes, cuando hay problemas con sus familias o cuando atraviesan dificultades amorosas. A esa preocupación se añade la desconfianza que perciben hacia los jóvenes por ser personas migrantes.
El acceso a la vivienda es otra de las dificultades que conocen de cerca. Independizarse resulta especialmente difícil para ellos porque su familia depende económicamente de lo que les manden y envían a a casa una buena parte de lo que ganan. Imad trabaja en iloft Málaga y, cuando hacemos la entrevista, está sustituyendo a un compañero en el turno de diez de la noche a seis de la mañana. Esa noche ha preparado 33 bolsas con sábanas y otros materiales para que el personal de limpieza tenga todo listo al día siguiente. Su horario habitual es de doce del mediodía a ocho de la tarde.
Josemari cree que las acogidas temporales con familias más jóvenes podrían abrir otras posibilidades de relación. Ellos acompañan desde su experiencia, pero son conscientes de que sus mundos son diferentes. Paco lo expresa con claridad: no son educadores ni terapeutas y tampoco tienen edad de ser padres. Por eso consideran importante que estos proyectos incluyan un seguimiento cercano y periódico, tanto de los jóvenes como de quienes les abren su casa.
Málaga Acoge acompaña a los chicos en los ámbitos jurídico y laboral. Paco insiste en la importancia del apoyo personalizado que permita revisar periódicamente las dificultades, los comportamientos y las actitudes que aparecen en la convivencia.
El balance, en cualquier caso, es muy positivo. “Para nosotros ha sido una experiencia magnífica el haber acogido a estos jóvenes. Hemos podido hacer un servicio y ellos nos lo han hecho a nosotros”, afirma Josemari. Con los años, la relación ha ido más allá de la acogida: “Ya no son personas que has acompañado, sino alguien que hace parte de uno mismo. Nos quedamos como una referencia”.
Su compromiso con Málaga Acoge también los ha llevado a colaborar como voluntarios durante el proceso de regularización. Josemari está satisfecho de haber participado en un momento que considera “clave y fundamental”, tanto por la oportunidad de echar una mano como por su apoyo a la regularización de las personas que ya estaban aquí.
Paco había comenzado a colaborar los miércoles en la primera acogida, en la sede de calle Bustamante. Durante la regularización acudía también a la oficina de calle Pedro Gómez Chaix para ayudar en lo que podía. Antes de jubilarse en 2023, había tenido distintos empleos: trabajó en limpieza y pintura y, tras una caída, empezó en 1995 como conserje en la Facultad de Derecho de la Universidad de Málaga. Josemari, por su parte, trabajó durante sus últimos años de vida laboral en una empresa de jardinería cerca del albergue municipal, en el Parque de Huelin.
El voluntariado les ha permitido seguir aprendiendo y conocer a otras personas. Josemari, del País Vasco, destaca el encuentro con gente joven y diferente, así como su profesionalidad y empatía “Me abrió perspectivas”, resume. Paco, valenciano que lleva 46 años en Málaga, cree que no siempre se conoce todo lo que aporta ser voluntario.
Para Josemari, participar en la regularización también ha supuesto mantener muchas conversaciones en el barrio y reafirmar sus convicciones frente a los bulos sobre las personas migrantes. “No quiero callarme”, dice. Entiende que el voluntariado no es solo una buena acción, sino que detrás hay decisiones y posiciones políticas que tienen peso. Ambos hablan de la polarización, del miedo a lo diferente y del daño que hacen las redes sociales. Esa desconfianza aparece también en las preguntas que reciben cuando cuentan que comparten su casa con jóvenes: si se fían, si no tienen miedo, si los dejan solos o si tienen sus propias llaves.
Mientras tanto, en el salón, la conversación continúa con la puerta cerrada para que Imad pueda descansar. La acogida también está hecha de esos gestos: compartir el espacio, respetar los horarios y estar pendientes de quien vive al otro lado del pasillo.





