¡Hoy la clase es una fiesta!

Por Agustín Olías.

La sala se está preparando. La actividad en la cocina, elevada: las cocineras trabajan a pleno rendimiento elaborando los apetecibles platos que, poco a poco, van llenando la gran mesa que prácticamente ocupa toda la sala. No, no estamos en ningún restaurante de lujo; ni las chefs están elaborando complejos platos. Nos encontramos en la sede de Málaga Acoge en la calle Bustamante de Málaga capital, donde celebramos la fiesta de despedida del primer trimestre del curso de español 2015 / 2016. Las “cocineras” son nuestras queridas profesoras voluntarias, la “cocina” es una de las salitas contiguas y los platos son “normales”, lo que cada una (profesora o alumna) ha decidido o podido traer. ¡Y todo se ve muy apetecible!

Una vez la mesa está preparada, la presidenta de Málaga Acoge, Adela Jiménez, pronuncia un breve discurso que inaugura, por así decirlo, la fiesta. Me doy cuenta de la ausencia de referencias, tanto en el contenido del discurso como en los adornos de la sala, a la fiesta religiosa que para los cristianos significa la Navidad. El porqué de esta ausencia es evidente, tal como me explica Carmen Espeja, voluntaria del Área de Educación: “Estamos en un lugar de encuentro, de reunión, de intercambio, de convivencia, donde se dan cita muchas culturas y religiones. No creemos que sea adecuado mostrar signos de una determinada creencia. Por ejemplo, decoramos la sala con trabajos y aportaciones de las alumnas y alumnos, como son las manos amarillas que decoran las mamparas”. También, obviamente, carácter aconfesional de Málaga Acoge.

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Voy encontrándome con “viejos conocidos”, como Alfonso, el entusiasta profesor voluntario que imparte clases de español a dos grupos, uno por la mañana y otro por la tarde. O con Yanina, alumna de Alfonso, que asiste a la fiesta con su pequeño Daniel, de seis meses. Yanina lleva dos años asistiendo a las clases de español de Málaga Acoge, con un paréntesis de varios meses debido a su maternidad. Me comenta que está muy contenta con las clases de Málaga Acoge. No todos son “viejos conocidos”; por ejemplo, Mary Carmen, filóloga, joven y nueva voluntaria que hace dos semanas ha empezado a trabajar en Málaga Acoge como profesora de español.

La sala está muy animada, colorida, llena de conversaciones en varias lenguas, y siguen llegando más alumnas y alumnos. Las estrellas son, indiscutiblemente, las niñas y niños que acompañan a sus madres, ya sea en cochecito, en brazos o a pie. Como el grupo de mujeres de Ghana, con sus cuatro o cinco críos que se lo están pasando “requetebien”: reciben todas las atenciones, pasan de unos brazos a otros, todo el mundo quiere hacerse fotos con ellos  ¡La gran familia de Málaga Acoge!

Me alegra ver especialmente a Naima y a su hijo Yussef, a quienes conocí en una visita al piso de acogida donde vivían. Yussef va en silla de ruedas, padece una severa incapacidad; se le ve feliz de estar en la fiesta, sonríe ante cualquier caricia que se le hace. Naima habla con alegría de su nueva vivienda, un piso de alquiler, donde vive ella y sus hijos y, cuenta, está muy agradecida a Málaga Acoge.

La fiesta continúa. Laura, joven profesora voluntaria, decide organizar una especie de “conga” con su grupo de alumnas y alumnos. Tashiha (si no he entendido mal su nombre) aparece con un espléndido plato: cous cous espolvoreado con una mezcla molida de almendra, canela y azúcar. Rápidamente se forma una cola para degustar tal maravilla. Y cuando parece que ya no cabemos más en la sala, llegan los jóvenes que viven en uno de los pisos de acogida que gestiona Málaga Acoge. Hablo con Redouan, quien está contento pues está trabajando como “aprendiz” en un taller de bicicletas con fines sociales, aunque sueña con encontrar un trabajo como soldador, que es su verdadero oficio.

Abandono la fiesta satisfecho, además de por la comida que he probado, por el ambiente que se vive en ella. Me siento orgulloso de pertenecer a esta organización que hace posible que gente de diferentes culturas, nacionalidades y edades, disfrute de estos momentos, que se aísle por unas horas de los problemas de la vida. También especialmente orgulloso de las voluntarias y voluntarios que trabajan y se empeñan en enseñar español a las personas inmigrantes, paso básico para, primero, sobrevivir y, después, integrarse en nuestra sociedad.


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