En el camino con familias refugiadas

Un par de bañadores de niña se seca en el tendedero de la terraza. En los maceteros crece aloe, un poto y romero en flor. Huele a limpio en el piso de Torre del Mar que comparten una pareja venezolana con una mujer argelina y sus dos hijas, cinco de las 64 personas que la asociación apoya en el marco de nuestro programa de Protección Internacional.

«El romero es bueno para el cabello», dice Galia* mientras señala las matas verdes salpicadas de pequeñas flores lilas y cuenta cómo están cuidando las plantas para rodearse de buena energía. Estilista y peluquera, trata de estar «ocupada y en la calle el mayor tiempo posible para no sufrir la ansiedad» que le causa la situación de su país, Venezuela, donde viven su madre y su hijo.

Galia mira con cariño a Fátima*, su compañera de piso, que llega sonriendo con una bandeja con vasos de zumo y magdalenas. Es una mujer «muy querida», afirma. De pelo corto y rizado, lleva un colgante con una pequeña piedra azul celeste que contrasta bien con su vestido largo con estampado de leopardo. Llegó a la casa a mediados de febrero y ya ha avanzado mucho con el idioma español gracias a las clases a las que asiste lunes, martes y miércoles.

Esta vivienda, que arrienda Sergio, es una de las cuatro con las que cuenta actualmente Málaga Acoge en Torre del Mar para recibir a personas solicitantes de Protección Internacional.

«Yo quiero entender y hablar el idioma español rápido», afirma Fátima, contenta por los buenísimos resultados de sus últimos exámenes. David, su profesor, le felicitó por ello. Acostumbrada a trabajar «mucho» en su país no aguanta estar parada. Le gustaría ser vendedora en una tienda. Sus hijas, de 9 y 5 años, se han adaptado muy bien al colegio y van a clases de natación y aprenden teatro. También participan cada jueves en nuestra sede de Torre de Mar en actividades que organizamos con niños y niñas de las familias refugiadas que acompañamos.

«En mi país cuidaba de personas mayores, de maestra en una guardería, fui camarera, vendedora… Me separé de mi marido y necesitaba trabajar para dar de comer a mis niñas», cuenta. Viajó desde Argelia a Marruecos y cruzó la frontera junto a sus padres y dos hermanas. Sin embargo, estos últimos están lejos, acogidos por otra organización en Murcia. «Yo quiero a mi familia conmigo. La necesito», se lamenta.

Galia, muy habladora y enérgica, ayuda a Fátima con su español. «Me encanta ella y sus niñas. Ellas van al colegio temprano y cuando llegan duermen su siesta y después patinan por la terraza. Mi esposo es un chico súper tranquilo. Todos tenemos buena relación», afirma.

La nacionalidad más frecuente de las personas que apoyamos en Torre del Mar es la venezolana, pero también hay familias de Georgia, Ucrania, Rusia, Siria, Colombia, Perú, Guinea Conakri y Argelia.

No muy lejos, en otro piso de Torre del Mar viven Carlos* e Ibel*, una pareja de Venezuela, con sus compatriotas Ana María* y su hijo Osmar*.

«Nosotros dejamos todo allá después de 30 años de servicio, después de tanto sacrificio. No es fácil. Somos educadores y salimos en estampida por la crisis tremenda del país», cuenta Carlos, profesor de biología de más de 70 años, sentado en el sofá del salón junto a su mujer.

Valoran el apoyo de Málaga Acoge «que les ha tendido la mano en el momento preciso» y dicen que forman una familia con su compañera de piso Ana María, profesora de informática en su país, y su hijo Osmar. De complexión fuerte y risueño, es un chico que sacó el bachiller en su país y está a la espera de homologación para poder seguir estudiando y hacer un grado superior, también de informática, siguiendo los pasos de su madre.

«Llegamos en enero. Resulta aún difícil el cambio», dice Ana María. Ella hizo un curso de cocina y su hijo de camarero, ambos en el marco de nuestro proyecto Equilem. «Y fue muy bien. Chévere”. En junio se mudarán a un piso que han encontrado en Vélez-Málaga, cerca del lugar donde van a harán la prácticas no laborales de sus formaciones.

Hace un año, en los inicios del programa de Protección Internacional, estuvimos con las primeras personas que acogimos. Venían de Siria, Venezuela, Colombia y Rusia. Muchas de ellas están trabajando, como Ahmed*, el joven sirio, que trabaja como carpintero madrugando mucho cada día, o Carlos Alberto, de Venezuela, que fue padre de una niña a los pocos meses de llegar y es cocinero en un restaurante.

En este tiempo, la gran familia que conforma la asociación y todas estas personas ha crecido mucho y sale adelante.

El proyecto Tarhib para la Acogida e Inclusión social de personas solicitantes y beneficiarias de Protección Internacional llevada a cabo por Málaga Acoge, federada en Andalucía Acoge  y con el apoyo del Ministerio de Trabajo, Migraciones y Seguridad Social.  





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