Cuatro historias del piso de acogida y una buena noticia

Por Agustín Olías.

Un agradable aroma me recibe cuando llego al piso de acogida que Málaga Acoge gestiona en la calle Jaboneros de la capital malagueña: Mouhcine, bajo la supervisión de la técnica de la organización, Rabía Banou, está preparando una harira, sopa típica marroquí, que presenta una pinta espléndida. Como me explica Rabía, cada día se encarga uno de la comida. Lo mismo con la limpieza y lavado de ropa: por turnos.

Málaga Acoge está gestionando, en la actualidad, dos pisos de acogida en la capital malagueña. Uno de ellos es este que visito hoy, donde viven temporalmente cinco jóvenes marroquíes. El piso de acogida es un “puente” que salva el abismo que se abre ante estos jóvenes cuando, al cumplir dieciocho años, tienen que salir del centro de menores. Les da la oportunidad de organizar su vida, con la tutorización y coordinación de Málaga Acoge. Aquí, les prepara un programa con los objetivos a alcanzar y un plan de actividades, donde se incluyen educación, regularización de documentos oficiales, búsqueda de empleo y, también, actividades culturales y deportivas.

La casa está muy bien, es agradable y cómoda, está limpia y ordenada, de lo cual me imagino que mucho tiene que ver Rabía, quien visita el piso todos los días de lunes a viernes. Ella se encarga de ver que todo está en orden en el piso, que se cumplen los turnos de comida y limpieza, que se reciben los alimentos previstos y de ayudar a resolver los problemas de cualquier índole que pudieran surgir. La llega gracias a un programa del Ayuntamiento de Málaga, a través del Centro de Acogida Municipal. Una vez a la semana se hace un pedido y se van a recoger los alimentos. Es importante calcular bien el pedido, para que ni sobre ni falte.

Nos sentamos alrededor de la mesita del salón, Rabía y los cuatro jóvenes (Mouhcine, Ahmed, Reduan y Mehdi). El quinto habitante del piso, Abdalhak, está en Marbella; ha encontrado trabajo y, en breve, abandonará este piso. Es una buena noticia. Hablamos del Ramadán, ya que estamos [reportaje realizado antes de que finalizaran esas fechas] en ese periodo tan especial para los musulmanes. Les muestro mi extrañeza ante el no comer ni beber durante el día, el no realizar ejercicios físicos ni actividades lujuriosas. Ellos lo viven con naturalidad, lo han vivido desde la infancia. Rabía me explica que es un periodo en el que se estimula la paciencia, la espiritualidad, la disciplina y, también, la comprensión ante los más necesitados.

Aprovecho y les pregunto por el trabajo de Rabía, si están contentos con ella. Está claro que es ella quien pone la disciplina, la que media y soluciona conflictos. Mouhcine dice que hay momentos  difíciles, “como en cualquier familia”, pero que, en general, se llevan bien y están contentos con Rabía.

Ahmed y Mouhcine llevan ya varios meses en el piso. A Ahmed le entrevisté en mi anterior visita, acababa de llegar al piso; estaba muy cohibido y no hablaba mucho español. Veo que ha mejorado, está más seguro de sí mismo, más “suelto”, su español es mucho mejor; además, ha realizado varios cursos con Málaga Acoge, como el de español, el de búsqueda de empleo y el de camarero. Le falta conseguir el permiso de trabajo para poder acceder al mercado laboral de una manera legal; le gustaría trabajar en la hostelería, ser cocinero.

Mouhcine habla muy bien español. Hizo un curso de manipulador de alimentos y unas prácticas de jardinería durante seis meses. El curso que viene quiere continuar con las clases de 3º de ESO, que tuvo que dejar para hacer las prácticas de jardinería. “Me gustaría encontrar trabajo como jardinero”, asegura. Mouhcine lo tiene claro. En cambio, Reduan piensa que, si no encuentra trabajo aquí, volverá a Marruecos y montará un taller de soldadura.

Uno de sus grandes problemas es el permiso de trabajo; sale cada dos por tres en la conversación. Así lo explica Reduan, que lleva cinco semanas en el piso de acogida. Llegó a España hace más de cinco años, cuando tenía dieciséis. En el 2011 tuvo que abandonar el centro de menores. Desde entonces, ha intentado encontrar trabajo, pero solo ha encontrado trabajos esporádicos y sin contrato. Ha estado un año en un programa de mayoría de edad de Prodiversa y, ahora, en el piso de acogida de Málaga Acoge. No entiende cómo es tan difícil conseguir el permiso de trabajo; “cuando sales del centro de menores te encuentras sin nada y, si no fuese por organizaciones como Málaga Acoge, estaría durmiendo en la calle”, argumenta.

Me interesa conocer su estado de ánimo, su impresión de cara al futuro. Unos están animados, con ganas de seguir aprendiendo y conseguir trabajo aquí en España. A otros les noto más inseguros, sin tener muy claro qué podrán hacer, dudando si regresar a Marruecos o quedarse en España. Como me decía Rabía, el futuro es muy incierto, pero la oportunidad de mejorar la tienen con los programas de Málaga Acoge. Es una cuestión personal, unos aprovechan la circunstancia y otros no.

Por su parte, Mehdi lleva un mes en el piso de acogida. Cuando salió del centro de menores volvió a Marruecos, quería ver a su familia. Pero regresó a España porque allí no tenía ningún futuro. Gracias a Málaga Acoge ha hecho dos cursos, uno de cocina y otro de mecánica de bicicletas, aunque lo que más le gustaría sería ser panadero.

Al despedirnos me reiteran su agradecimiento a Málaga Acoge por toda la ayuda que les está ofreciendo. Yo les deseo suerte y que se cumplan sus mejores propósitos.


 

 

 

 

 

 

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