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Roberto Martínez ha empezado ya a trabajar con contrato gracias al proceso de regularización extraordinaria, en el que ha contado con el acompañamiento de Málaga Acoge. Un paso que marca un antes y un después en su vida tras años de incertidumbre.
Tiene 56 años y una historia atravesada por la espera. Salió de Cuba hace quince años “por el problema político” y, tras pasar nueve años en África, lleva ya cinco viviendo en Málaga. Albañil de formación ha construido durante este tiempo mucho más que paredes: ha sostenido su vida en la incertidumbre.
Durante años, su situación administrativa marcó cada paso. “He estado prácticamente los cinco años en situación irregular”, explica. Aunque en un momento pudo trabajar con documentación de asilo en una empresa de pulimentos, el proceso se truncó cuando decidió renunciar a esa vía para acogerse al arraigo: “Me quedé en un limbo”. A partir de ahí, llegaron los trabajos informales, sin derechos y con ingresos mínimos: ayudante de albañilería, colocación de pladur, lo que fuera saliendo. “He trabajado mucho tiempo en negro, con el sudor de mi frente, para poder comer, pagar el alquiler y ayudar a mis hijos”.
Pero si algo ha pesado más que la precariedad ha sido la distancia. “Lo más duro es no tener documentos para poder viajar y ver a mi familia. Todo no es el dinero”. En estos años no ha podido regresar a Cuba. Allí están dos de sus dos hijos, su nieta, a la que aún no conoce, y el resto de su familia. “Se me murieron mis dos padres y no pude volver a despedirme”, relata. La falta de autorización de residencia no solo limita derechos laborales, también rompe vínculos afectivos y deja duelos en suspenso.
El camino hacia la regularización tampoco ha sido fácil. Uno de los mayores obstáculos fue reunir la documentación exigida, especialmente los antecedentes penales de los países en los que había residido. “Tuve que mandar a buscarlos a África, donde viví nueve años. Gracias a unos amigos lo pude lograr”. En abril presentó su solicitud y fue admitida a trámite.
Para Roberto, este paso lo cambia todo. “La regularización es una cosa muy grande que llevo esperando mucho tiempo”. Gracias a ello, ha podido firmar un contrato de trabajo en la empresa Pulimentos y Limpiezas Velasco Bonilla, donde ya había trabajado anteriormente. “Poder trabajar es muy importante para mí. Firmar el contrato me da estabilidad, me siento muy contento”. Ese cambio también se nota en su vida cotidiana: “Ahora salgo con menos preocupación. Antes casi no salía, nunca he ido a la feria por miedo a que me pidieran la documentación. Ahora voy a poder andar libremente”.
Su empleador, Francisco Velasco, lo confirma. Supo de Roberto a través de un conocido que le habló de su situación extrema: dormía en una nave industrial, cobraba apenas 20 euros algunos días y otros ni siquiera eso. Decidió darle una oportunidad, aunque tuvo que prescindir de él temporalmente por su situación administrativa. “Ahora lo he vuelto a contratar», señala, al tiempo que advierte de la escasez de mano de obra: «Mano de obra en albañilería y construcción no hay”.
Hoy, Roberto vive con su hermano y su cuñada, y mira al futuro con una mezcla de alivio y cautela, a la espera de la resolución definitiva de su expediente. Mientras tanto, hay un deseo claro que lo sostiene: “Quiero viajar a Cuba para conocer a mi nieta y ver a mi familia”.
Su historia pone rostro a lo que significa la regularización: no sólo acceder a un empleo digno, sino recuperar derechos básicos, seguridad y la posibilidad de reconstruir la vida en libertad.





