![]()
A las nueve de la mañana, el aroma a comida casera ya inunda el pequeño local de Albaraka, el asador que Jamila abrió hace unas semanas en el centro de Málaga. En la vitrina, una bandeja de pastelas recién hechas espera la llegada de los primeros clientes mientras ella espolvorea con gesto preciso el azúcar glass y traza líneas de canela sobre la superficie dorada. “Esto era un sueño, yo siempre he querido tener mi propio negocio”, cuenta con una sonrisa que mezcla cansancio y orgullo.
Madre de Salma, de 16 años, Jamila trabajó durante años en hostelería, limpieza y todo lo que fue necesario para salir adelante sola tras su divorcio. “Pasé por un divorcio con la niña muy pequeña, y no podía trabajar todo el tiempo que quería. Pero yo le digo a todo el mundo que todo el que quiere de verdad, puede”. Cuando Salma empezó a ir sola al colegio, Yamila lo tuvo claro: “Volví corriendo a trabajar”.
Durante años compaginó varios empleos, jornadas interminables y formación constante. Limpiaba casas por las mañanas, estudiaba por las tardes en la Escuela Oficial de Idiomas y se sacó el título de la Enseñanza Secundaria Para Personas Adultas (ESPA). “He hecho un montón de cursos de cocina, porque tener experiencia no quiere decir que lo sepas todo. Quería estar más preparada”. Hasta el día antes de abrir su negocio, seguía limpiando casas. “He llegado a trabajar doce horas durante meses sin un día libre. Si tú le dices a tu mente que puedes, puedes, aunque el cuerpo duela de tanto cansancio”.
El deseo de independencia la empujó a dar el salto. “Pensé en abrir mi propio negocio porque pese a trabajar doce horas al día no llegaba a fin de mes. Tampoco quería seguir viviendo en la casa del padre de la niña”. Con esfuerzo y constancia, logró contratar su propia hipoteca y, más recientemente, pedir un préstamo para reformar y equipar Albaraka desde cero. “Espero que mi negocio salga bien, que funcione. Acabo de empezar y ya tengo otro objetivo para alcanzar, pero es sorpresa”, dice riendo. Jamila no se detiene nunca. “No es que no tenga miedo al fracaso, y mucho, pero si sale mal siempre puedes volver a trabajar para otros”.
Su jornada empieza a las cinco y media o seis de la mañana, cuando las calles aún duermen. “Vengo todos los días, preparo, cocino y cuando llega la hora vendo y la gente se lo lleva”. A las once ya están los pollos asándose, y el vecindario comenta el “olor rico por la mañana”. En el mostrador, flores regaladas por sus amigas y una pizarra decorada por Salma anuncian el menú del día. “Las croquetas me dicen que son como las de la abuela”, comenta divertida mientras recibe a una clienta que promete volver más tarde por unas papas a lo pobre.
“Mi niña me ayuda. Viene, cobra, atiende a los clientes y lo hace de maravilla”, explica con orgullo. “Tiene 16 años, estudia primero de bachiller, Humanidades, y quiere ser policía. Lo tiene claro desde pequeña. Y yo la voy a ayudar a que lo consiga”. En el local bromea: “Es como mi casa, solo me falta traer un colchón”.
Jamila no concibe la vida sin actividad. “Eso de ver series en el sofá no me va. Es aburrido perder dos horas en vez de estudiar o pensar en un proyecto”. No obstante, reconoce que el esfuerzo pasa factura: “Estoy contenta y satisfecha, aunque también reventada”.
A lo largo de los años ha aprendido a valorar el apoyo recibido. “En el trabajo del hogar he tenido suerte de coincidir con gente buena. Pienso que uno recibe lo que da”. Entre sus agradecimientos menciona a personas que la han acompañado en el camino, como la familia de Carla, Juan Carlos y su hijo Johan, su “chaleco salvavidas” Juan, Fátima y, por supuesto, su hija Salma, “por aguantarme”, dice riendo.
Cuando se cita a Málaga Acoge, se emociona:“Ay, es mi familia, qué quieres que te diga. Me han ayudado con la niña, no ha estado el padre, pero ha estado esta maravillosa asociación”. En ese momento abraza a Amparo, compañera de nuestro equipo de Educación, que la recuerda así: “Jamila siempre asistía a las formaciones para mujeres, era muy participativa, siempre con ganas de aprender y superarse. Con Salma, siempre juntas tirando para adelante, era muy fácil trabajar con ellas”.
Hoy, su energía sigue siendo la misma. “Hay que ayudar, estar ahí. La vida consiste en apoyarse los unos a los otros y en luchar y trabajar mucho. Esa es mi historia, esa soy yo”. Su mirada se dirige más allá del pequeño asador, imaginando el futuro: “Veo mis asadores funcionando. Al menos dos. Y a mi niña alcanzando sus sueños, trabajando en lo que quiera y yo siendo la abuela más amorosa del planeta”.
Albaraka, explica, significa en árabe “abundancia y bendiciones”. Y eso es precisamente lo que transmite Jamila: abundancia de esfuerzo, de alegría contagiosa y de cariño.









El apoyo a la familia de Yamila se enmarca en nuestro programa CaixaProinfancia impulsado por Fundación «la Caixa».





