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En uno de nuestros pisos de acogida para solicitantes de Protección Internacional en Fuengirola vive una familia venezolana que celebra su primer año en España. Alison y Carlos (nombres ficticios) llegaron con su hija pequeña el pasado noviembre, después de un largo recorrido que comenzó en Venezuela y continuó en Chile.
“Vinimos a España por extorsiones y amenazas”, explica Alison con serenidad. La pareja había emigrado antes a Chile, donde permanecieron un tiempo sin papeles. “Nos fuimos de Venezuela porque nos iban a matar. Perdimos todo lo que teníamos en Chile cuando decidimos venir”, cuenta Carlos. Un amigo le prestó el dinero para los billetes y así pudieron emprender el viaje hacia España, donde tenían un contacto que nunca respondió.
Al llegar, fueron acogidos temporalmente por una prima en Córdoba. “Estuvimos casi en la calle, pero una abogada de Accem nos ayudó a tramitar la cita en Extranjería, recuerda ella. Pasaron cuatro meses en la fase 0 del programa antes de mudarse al piso de Fuengirola, que ahora comparten con una familia ucraniana.
En su nueva ciudad dicen sentirse seguros. “En el piso nos sentimos muy bien, acogidos; las trabajadoras sociales tratan de que nos sintamos como en casa”, comenta Alison. Su hija, de casi tres años, se ha adaptado rápido: “Le encanta la guardería, ama su escuela”, dice su madre sonriendo.
Ambos han hecho cursos de formación. Alison completó uno de camarera de piso y espera que su periodo de prácticas en un hotel de Fuengirola se convierta en un empleo estable y valora que, además, le permitirá conciliar con el cuidado de su hija. Carlos, por su parte, terminó un curso de Polivalente de supermercado en Málaga. “Uno tiene que adaptarse. Lo importante es trabajar, traer el pan día a día”, afirma ella. Él en su país había sido conductor de autobuses. Ella, esteticista de profesión, sueña con poder dedicarse de nuevo a ello en el futuro.
No todo ha sido fácil. “La parte más dura fue cuando llegamos. Sentía tanta desesperación… ahora estamos superbien”, confiesa Alison. Recuerdan con agradecimiento la primera ayuda que recibieron en España: “Fue de una iglesia que trabaja con Cáritas, nos dieron una caja de leche”, dice Carlos. Sin empadronamiento, tuvieron al principio dificultades para acceder a apoyos, y las noches eran complicadas en los primeros alojamientos: “Una vez la bebé no quería dormir y bajamos calladitos a la calle a las dos de la mañana para no molestar a los demás que dormían cerca”.
A pesar de la distancia, Alison extraña a su hija mayor, a su nieta recién nacida y a su madre. “Echo mucho de menos a mi familia”, dice con emoción. Desde lejos sigue las noticias de su país y siente tristeza: “La situación en Venezuela cada día está peor, no hay libertad de expresión. Si hablas mal del Gobierno te quitan la nacionalidad”.
Con el paso de los meses, la pareja siente que España se ha convertido en un nuevo hogar. “Es un país que ayuda mucho a la persona migrante. Si vienes a trabajar y aportar, tienes que adaptarte”, reflexiona Alison. Entre risas, comenta que le sorprenden mucho las siestas españolas, el silencio a esas horas después de las comidas.
Ambos miran al futuro con esperanza. Después de tanto camino, el sueño de estabilidad y trabajo digno parece, al fin, al alcance de la mano.
El apoyo a esta familia se enmarca en nuestro programa Acción Concertada de Acogida e Inclusión social de personas solicitantes de Protección Internacional que llevamos a cabo con el apoyo del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Dirección General de Gestión del Sistema de Acogida de Protección Temporal (Subdirección de Programas de Protección Internacional).





