![]()
A raíz del encuentro y conversación con un joven colombiano, que enfrenta dificultades a la hora de encontrar una vivienda en la ciudad, nuestra voluntaria Fátima Zohra escribe una reflexión sobre el racismo que publicamos a continuación:
por Fátima Zohra*
Cómo hablo de algo que he escuchado desde que tuve mi mínimo uso de razón, cómo explico lo inculcado que está este término y cómo se lleva a la práctica sin el remordimiento atorarse en sus pechos, cómo describo estas personas si realmente no sé cómo son, solo escucho de ellos palabras decaídas en sus inconscientes pensamientos retorcidos como serpiente envenenada, cómo le digo al mundo sin que sea un tema más de discusión, cómo darle otra perspectiva a las charlas que por desgracia no hacen ninguna gracia estar repitiéndolas hasta desecar gargantas ya destrozadas de callar o hablar en susurros, que en realidad son pancartas gritadas al mundo.
Qué pena crecer con lo mismo, verte ser más mayor y el racismo también contigo, no disminuye el dolor, ni la hipocresía que intentamos creernos a base de sonrisas injustificadas, no somos víctimas de ellos, sino su espectáculo abucheado.
Preguntas y más preguntas, ni que fuese un libro de filosofía, mi edad, procedencia, mi sueldo, mi seguro, mi dinero en ahorros, mi dialecto, mis pensamientos y mi color de piel ni los tatuajes que ves son la imagen ya representas de mí, no soy drogadicto, ni mentiroso, no te voy a estafar, ni ser ocupa, eso podría hacerlo en mi país y no escuchar tus quejas.
Soy un chico normal, de otro país que no es el tuyo, pero adivina, hay más continentes, países, ciudades, pueblos en el resto del mundo además del tuyo.
Supongo que nunca llegaste a descubrir América, ni las rutas hacia India, ni los pingüinos en la Antártida, ni el desierto con camellos y que no todo es pobreza y matanzas.
Sí, mi madre escapó de otro país para venir aquí, creía yo que el mundo era de todos, y creí bien, aunque también me di cuenta de que pocos son conscientes de ello.
Crees que vine aquí a matarte, o a robarte, lo siento, pero tampoco tengo tiempo para eso, trabajar 12 horas, horas extra, buscar personas que confíen en mí, preocuparme por mi familia de allá, cuidar a mi pareja, darle un poco de tiempo, y llorar todas las noches, no dejan que haga todas las cosas que tu mente imagina en tan solo 3 segundos.
Al principio molestan esos baches continuos de explicar con buena actitud que eres diferente, que no eres todo lo que pueden a llegar a juzgarte, cuanto más discutes y explicas se hace más largo el juicio, sin juez, ni leyes, solo abogados sin máster y una cinta empinada que me deja exhausto.
Hasta el punto de cansarte, sentir apatía sobre sus miradas descaradas, dejarte perder por no seguir con las rodillas rotas, porque duele, y mucho, demasiado, es tanto, que ojalá me volviera.
Solo soy un joven, veintiún años con unas alas que mamá tejió por nueve meses, limpió por años y alimentó para volar por el mundo, seguir mi vida, encontrar mi casa en la que me vea dormido bajo mi techo, solo quiero un poco de silencio, y una fina película de respeto protegerme el cuerpo, el alma, la mente y mis alas.
No quiero justificarme por mis orígenes, no quiero jurarles y perjurarles que no vendo droga, ni mi cuerpo, ni mis manos están manchadas de tus sentencias.
Solo he venido a respirar un poco mejor, a comer mejor, a dormir mejor y a vivir mejor, como yo quiero, sin dañar, y sintiendo que no paseo en mitad de una selva hecha para atacar mis sueños, ni cortar mis metas.
No enterréis a un chico de veintiún años que casi cae en el cansancio, ojos en llantos y risas sin sentido.
No quiero ser la sombra de vuestros pensamientos, que son tres segundos, pero para mí tres metros cavados para mis palabras tiradas bajo suelo.
*Fátima Zohra es voluntaria de Educación y Comunicación de Málaga Acoge.
La ilustración es de María Jaime de nuestro proyecto Artistas Acoge





