“No he hecho novelas sobre inmigración, sino novelas en las que hay inmigrantes que son de aquí”

Elena es una chica ucraniana que quiere vivir en España para progresar y dar una vida mejor a su hijo. Acaba en Málaga empleada en el sector doméstico y, aunque es filóloga y sabe español, acude a las clases de castellano de Málaga Acoge. En realidad, Elena es un personaje de una ficción, la protagonista de la novela Ucrania. La obra es del escritor malagueño Pablo Aranda al que, además, le quedan sólo tres asignaturas para superar los estudios de Trabajo Social. Ha sido voluntario en La India, profesor en la Universidad de Orán (Argelia) y ha trabajado con enfermos mentales y con menores. Ha publicado grandes novelas como La otra ciudad, además de la citada Ucrania e incluso libros infantiles. Ahora, también se ha querido sumar a la campaña ‘Todas las piezas son importantes‘.

¿Quién es realmente Pablo Aranda?

Hay muchos Pablos Aranda. El Pablo Aranda de la faceta pública es escritor. Intento ser un escritor serio y ameno, algo que creo compatible. Y, al mismo tiempo, una persona que intenta contribuir a un cambio positivo de la sociedad como me enseñaron y yo aprendí, creo.

¿Cuándo empezó a escribir?

Desde muy pequeño empecé a escribir. Recuerdos antes de la escritura tengo. Me acuerdo de ver películas y no me ponía a escribir la historia, pero sí me imaginaba cómo podía continuar. Y me acuerdo preguntándole a mi padre cómo se les ocurrían los nombres de los personajes. No me extrañaba que a la gente se le ocurrieran situaciones sobre las que escribir o filmar, pero sí los personajes. Algo mínimo que aún hoy me sigue dando problemas… Y recuerdo que estando en séptimo de EGB, mandaron que escribiésemos una historia y yo escribí una del oeste que se llamaba Con él llego la paz, que gracias a Dios no se conserva… A partir de ahí empecé a escribir cuentos cortos en los ratos libres, metía personajes, algún profesor que moría… Y para divertirme, hasta que llegó un momento, para mí tardío, en el que descubrí que el juego iba en serio. Y ya tenía claro que por ahí quería seguir. Yo siempre lo veía como una afición, cada vez más potente y a la que dedicaba más tiempo, seriedad y energía… Y me desbordó la afición y durante unos años ha sido profesión, y ahora la voy alternando.

¿Luego estudió Filología Hispánica?

Sí, porque me gustaba la literatura y la lengua. Y, después, pensé que era una carrera en la que no había que estudiar demasiado –o eso pensaba- y en la que hay que leer muchos libros, pues perfecta para mí. Y además, me encanta dar clases y esa es la salida lógica y obvia de los filólogos, tristemente para la enseñanza porque hay gente a quien no le gusta dar clases y entonces me lancé a ella. Y después también me matriculé en Trabajo Social, que no he llegado a terminar porque me quedan tres asignaturas que algún día haré…

¿Y por qué se decidió por Trabajo Social?

Pues porque quería trabajar, no sé, intentar… En ese interés por colaborar un poquito en que este mundo sea mejor, pues pensé que con una profesión social sería mucho más fácil. Creo que la base es la educación y ahí la tenía ya en Filología, pero quise hacer algo más. Cuando el genocidio de Ruanda, la primera noticia que tuve fue leyendo un periódico en inglés en La India, donde estaba de voluntario en el año 1994. Entonces decidí que cuando volviera a Málaga estudiaría enfermería y me iría a Ruanda. Luego intenté matricularme en enfermería pero pedían una nota altísima, no pude y entonces aposté por Trabajo Social, que también creía que estaría bien.

Ha tenido también mucha experiencia con menores, enfermos mentales, voluntariado en La India… Un gran trabajo social…

El origen puede ser el no creerme las cosas. De hecho una de mis novelas que no se llama así, pero se iba a llamar ‘La mentira’ y la base es esa: Nos enseñan una serie de cosas y la mitad son mentira y, entonces, quería luchar contra las verdades asumidas. Por ejemplo: He nacido en Málaga, soy hombre, blanco, sano, perfectamente integrado en la sociedad y parece que ha sido una conquista personal que tengo que combatir… Pero es una pura casualidad. Entonces, decir, quiero conocer otros mundos que no me han tocado. Desde Málaga conocer otros barrios, por ejemplo. Yo vivía en una zona determinada que al centro se le llamaba Málaga, no era ni el centro; y que había que llegar hasta allí y quiero conocer Málaga y la Málaga profunda y del otro lado. Llegar así y al mismo tiempo quiero conocer no sólo Málaga, sino también el mundo y otras realidades en las que la casualidad ha hecho que yo no esté en ellas. Como ser mujer o ser extranjero, enfermo… Conocer esos mundos un poquito, claro, desde fuera, siempre con los pies en la tierra, conociendo otras realidades y relativizar todo lo demás.

Quizás nos falte a todos empatía a la hora de entender mejor las cosas…

Yo creo que sí. La empatía, meterte en el pellejo de otra persona. Si fuéramos capaces de entender por qué la gente se comporta de otra manera… Entender no significa justificar, pero sí entender y a partir de ahí abrirte la mente y ver que hay cosas diferentes, algunas están mal y otras están bien, pero igual que las nuestras algunas están mal y otras bien. Yo creo que así sí que podríamos contribuir a que esto fuese un mundo más habitable.

¿Qué pueden hacer la cultura y la educación para hacer más habitable ese mundo?

Yo soy escritor y la literatura la considero como algo muy serio, aunque se puede hacer de una manera divertida. No puedo usar la literatura para convencer a los demás porque puedes caer en hacer un panfleto en vez de una novela; pero el ser escritor me permite desde ser entrevistado para Málaga Acoge –algo que agradezco- hasta escribir columnas de opinión, que ahí sí tiene cabida esto que dices. Y desde la educación, lo veo como el trabajo transversal que hace el profesor de cualquier materia con sus alumnos.

De hecho, usted tiene experiencia dando clase de hecho…

Sí, mi experiencia dando clase ha sido fantástica. Me encanta ponerme delante de la gente joven, de la gente menuda y escuchar las barbaridades que dicen. Porque, a veces, tienen mucho arte, mucha gracia y una menta retrógrada alucinante… Entonces intento por lo menos inocular un virus ahí, y decir: Oye, un asterisco, que a lo mejor estás equivocado, al menos eso. Que gente de 12, 14 años sea tan racista, machista, lo mío es lo mejor y quien piense lo contrario le piso la cabeza… Hay que decir, oye, hay otras formas.

¿Es algo que también hacen las entidades sociales?

Yo creo que hacen una labor importantísima. El mundo es injusto, hay fricciones y hay resquicios que no están cubiertos. Y ahí entran las ONG. Lo ideal sería que no fuesen necesarias, que no tuviesen que estar, pero desde luego ocupan un espacio muy potente. Mientras más las pisen organizaciones oficiales o gubernamentales, mejor, podrían dedicarse a otras cosas, ir cubriendo resquicios más alejados, mientras más se cubran las cosas, se ocuparán de necesidades muy básicas. Y es una pena que las energías de estas entidades se ocupen en algo que podría estar cubierto por las administraciones. Veo fundamental su labor y el trabajo de concienciación y sensibilización que hacen. Y es una salida de mucha gente que hay inquieta. Cuando la gente se plantea que este mundo puede ser mejor y quiere saber qué hacer, pues ahí tiene ese tejido social, una red que también acoge por este lado, te puedes unir a ella y luchar por esto. Y es una pena que tengan que sucumbir por falta de medios o que sus energías las tengan que dedicar a conseguir medios, a cosas que se desvían de su labor pura y dura.

¿Es Málaga una ciudad de acogida?

A mí es que me alucina el cambio que ha sufrido Málaga. Esta era una ciudad algo cerrada: A nivel nacional era muy abierta y, por ejemplo, de mi generación casi nadie de los que vivimos aquí tiene padre y madre nacidos en Málaga, por lo menos uno de los dos es de fuera. Y ahora ya hay mucha gente también de fuera de España, de otras razas, otros países, otros continentes. Por ejemplo, de Marruecos, hay una gran parte de la población de origen marroquí. Y mis novelas son realistas y por eso, al hablar de la realidad, de un barrio, dejando de lado a las personas inmigrantes… Pues creo que se notaría. Y simplemente he tomado un aspecto del barrio que hay, que no es algo extraña ni hay que rebuscarla. Podría haber elegido otros elementos, pero este me atraía. Y no he hecho novelas sobre inmigración, sino novelas en las que hay inmigrantes que son de aquí. Me permiten además jugar con teorías e hipótesis del mundo, de movimientos de personas…

Algunos protagonistas de sus novelas son personas inmigrantes: Nadia en ‘La Otra Ciudad’, Elena en ‘Ucrania’…

Una cosa que me interesa es tanto la gente que viene para acá, pero también como la gente de aquí se ve obligada a verlo desde fuera. En el caso de ‘La otra ciudad’, con Nadia, que obliga a Paco un chaval de un barrio, a ver esto con ojos árabes y de mujer. Y en ‘Ucrania’ sería lo mismo, la novela empieza con el protagonista llegando a Ucrania, un tío que no ha salido casi de su pueblo, que es Málaga. Era un momento de vacas gordas, quizás los últimos momentos, cuando escribía esos momentos y uno de los colectivos más grandes de personas inmigrantes era de ucranianas, mujeres que casi siempre trabajaban en el servicio doméstico. Y me llamaba la atención de que casi todas fueran mujeres y con una gran formación, y se dedicaban al servicio doméstico con poco reconocimiento por el hecho de ser ucranianas. Y muchos creíamos que eran rusas, pero no, las ucranianas son ucranianas. Y, bueno, me pareció una historia bonita. La ucraniana viene aquí, el malagueño se va a allí, se casan pero no se quieren, pero no se odian, y todo en un juego limpio que parece siempre a punto de estallar… Una historia real de mezcla, bonita y un poquito abierta hasta la esperanza.

Muchas de esas personas están sufriendo mucho ahora, en época de crisis: Aumento del racismo, pérdida de documentación, restricción de derechos como la sanidad… ¿Cómo ve todo eso?

Yo pienso que una sociedad hecha de mezclas es más rica. Es decir, que aprendamos que hay otros idiomas, que hay otras razas, que hay otras religiones… Todo eso nos hace más ricos. Las personas inmigrantes son gente que ha venido aquí y que nos ha hecho más ricos viniendo y que han contribuido a crear nuestra sociedad ocupándose mayoritariamente de trabajos que aquí no queríamos hacer. De cuidar a nuestros abuelos y abuelas que estaban mal, a hacer trabajos que tristemente hemos considerados sucios, cuando cuidar a un abuelo o abuela que nos ha dado todo… Algo más bonito, difícil. Y ellos lo han hecho por nosotros. Ahora no hay trabajo, ¿se tienen que ir? Quizás alguno puede volverse a su país, pero no hay que echarlos. Ahora hay un cambio, igual que no veo mal que la gente de aquí se tenga que buscar la vida fuera y es algo que nos da mucho que pensar de por qué vienen las personas inmigrantes aquí. Pero no se puede decir que como ahora no hacéis falta, fuera. Habría que considerar que todos estamos en la misma trinchera, que para ellos no hay trabajo, para nosotros tampoco… Busquemos para todos. Y, desde luego, lo de dejar a las personas inmigrantes sin sanidad, me parece juego sucio total. Es algo que no se puede permitir. Hemos empleado mucho dinero en turismo sanitario, extranjeros comunitarios que venían aquí a operarse porque su sanidad no se lo cubría y son operaciones carísimas; y que ahora venga el hijo de un marroquí y se le pidan los papeles antes de hacerle una radiografía… Me parece muy muy feo.

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