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Petrona es paraguaya, aunque vivió veinte años en Buenos Aires. Viuda desde joven, madre de cinco hijos y con cuatro nietos, llegó a España en 2017. Afectada por una discapacidad, su camino no ha sido fácil. Nuestro equipo jurídico la ha acompañado durante los últimos años y hace unos días le dimos la buena noticia de la resolución favorable de su nacionalidad española.
“Estoy contentísima. La doctora (Ana Dori) me llamó esta semana para decirme que me habían concedido la nacionalidad y fue tanta emoción que me caí en la calle”, cuenta con voz un poco temblorosa y entrecortada.
Pelo liso y rubio, media melena y piel clara, a Petrona le diagnosticaron la enfermedad de Parkinson hace seis años y tuvo que dejar su trabajo como interna cuidando a una anciana. Camina despacio y toma su medicación diaria, pero por lo demás afirma que hace vida normal. “Tengo Parkinson, pero no se me nota, sólo cuando me pongo nerviosa”, asegura con una media sonrisa. Hace poco que “por milagro de Dios” encontró un trabajo cuidando a un señor mayor después de estar año y medio sin empleo: “hablo mucho con él y le hago compañía, porque está bien, sólo que se le murió su esposa y está triste”.
Petrona comparte un pequeño piso con uno de sus hijos cerca de la Comisaría. Otros dos hermanos viven también en Málaga y dos hijas en Buenos Aires. “Mira qué bonita es”, dice mostrándome en su móvil una foto de la más joven, soltera, de 26 años, que quiere venir a España por la difícil situación que atraviesa Argentina. Parte del dinero que Petrona gana se lo envía a ella y a su madre que con 98 años tiene que estar postrada en una cama. “Le mandé un poco de dinero que tenía ahorrado y a mi mamá también”, afirma Petrona que está esperando el trámite de la documentación en la que se reconozca su discapacidad. Espera tenerla para agosto.
En Argentina Petrona trabajó también de interna muchos años porque su marido murió joven y tuvo que criar sola a sus hijos pequeños. Pero le gustaría estudiar el año que viene y su sueño “desde chica” es ser abogada. Lo que desea por encima de todo es “estar bien de salud” y que sus hijos no la tengan que ver en una silla de ruedas. Por eso le pide a “Dios y a la Virgen” que la proteja “en la calle y en el trabajo”. Hace cuatro meses que nació su último nieto, “un españolito”, dice con brillo en los ojos.
Hace un alto en la entrevista para tomarse las pastillas que le tocan con un sorbo de agua. Es una mujer y madre fuerte y alegre pese a diversas dolencias. “Me gusta leer historias de amor, cantar y bailar. A veces bailo en mi casa y grabo vídeos”. También le gusta cocinar, sobre todo pasta, y bañarse en la playa los veranos. Comenta que no quiere quedarse sin trabajo para poder seguir ayudando a su hija con quien habla todos los días, y que no encuentra empleo en Buenos Aires. “Los quiero mucho. A los cinco”, afirma.
“Por las mañanas me levanto, me hago café y no tiemblo. A mí nadie me dio nada. Si me caigo, me levanto otra vez”, concluye.
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