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A sus 19 años, Danna afronta con ilusión y nervios su próxima mudanza. Dentro de dos meses dejará el piso para jóvenes extuteladas en el que ha vivido el último año y medio para iniciar una vida autónoma junto a su pareja. “Voy pensando y haciéndome a la idea de lo que es salir de aquí”, confiesa.
Durante el tiempo que ha pasado en uno de los dos pisos para chicas que gestionamos en Málaga, Danna -nombre ficticio para proteger su identidad- ha aprendido a organizar su día a día, a ahorrar y a tomar decisiones con más calma. Ella misma reconoce ese cambio con orgullo: “Antes era un poco terca, faltaba a las citas… ahora pienso más antes de hacer las cosas”. Ha sido un proceso largo, cargado de esfuerzo y de la determinación de dejar atrás un pasado difícil, pero también lleno de pequeñas victorias personales.
Comparte la vivienda con Sara, otra joven que estudia Integración Social y trabaja en una panadería, y con la que mantiene una buena convivencia. “Charlamos mucho, recordamos cosas del centro de menores donde estuvimos las dos”, explica. De su paso por el piso y del apoyo de Málaga Acoge dice que se lleva en la memoria las conversaciones, las risas y las enseñanzas. «Si no llego a tener este acompañamiento, me hubiera gastado todo el dinero que ganaba en tonterías”, admite agradecida.
De pelo corto, ondulado y cobrizo, resalta que ha aprendido a gestionar su dinero: separa una parte para gastos y el resto lo guarda “en la hucha o en el banco”. Entre las rutinas que echará de menos están las compras semanales en el supermercado del barrio: “voy con la calculadora para no pasarme”, sentencia.
Su trayectoria formativa ha sido diversa. Estudió en la Escuela de Hostelería La Fonda de Benalmádena, donde se formó como camarera, maitre y sumiller. “Sé cuándo un vino está malo sin ni siquiera abrirlo, por el color”, dice entre risas, recordando aquella etapa en la que quería ser especialista en vinos o barista. También trabajó como camarera durante el verano, cuidando a una persona mayor, y en una tienda de animales, donde ayudaba con la limpieza, así como repartiendo paquetes en una bicicleta. Ahora, sin embargo, siente que la hostelería no es lo suyo y le gustaría formarse en atención sociosanitaria a domicilio. “Lo que quiero hacer es ahorrar dinero trabajando”, asegura.
Le emociona hablar de sus intereses creativos, del arte y la música que le atraen mucho. Dibuja desde niña y en el armario de su habitación guarda blocs y carpetas con bocetos y collages que combinan rostros, figuras y arañas, un animal que le encanta. “¿Quieres que te enseñe mis dibujos?”, pregunta mientras los va mostrando con orgullo. En la pared de su dormitorio, que da a un patio interior, cuelga el dibujo de un lobo de colores sobre fondo negro que, cuenta, le llevó tres meses terminar. Recuerda que junto a otras chicas que acompañamos participó en un taller de dibujo de nuestro voluntario Moi y con el que estuvo practicando los sombreados. Entre sus objetos personales se mezclan construcciones con piezas de Lego, sobre la mesita de noche un «minipino» ya sin pilas que compró por Navidad y un portátil que le prestó su pareja, que deja sonar una música suave de fondo.
Danna es una persona curiosa, a la que le “encantan los animales”, el terror en el cine y la lectura. Cuenta que tiene «tres sueños»: ser actriz, veterinaria o tatuadora y conserva esa mezcla de imaginación y sensibilidad que le empuja a crear. En su brazo lleva un murciélago tatuado, uno de varios que tiene. Toca el ukelele que le regaló una antigua profesora de plástica y una guitarra que personalizó pintándola de negro y con dibujos recortados. Sobre la cama, tiene preparado un kit de coctelería, de regalo para su pareja porque le gusta mucho. Allí, en la formación de hostelería fue donde se cruzaron sus vidas. “Todavía me sé de ´pe a pa´ la receta del Bloody Mary que aprendí en La Fonda”, comenta risueña.
Muy pronto, Danna dará un nuevo paso. Como quien cierra un capítulo importante, parte con una mochila que pesa —por lo vivido—, pero también llena de aprendizajes. En sus palabras, queda claro que su próxima mudanza no es solo un cambio de casa: es una conquista personal construida con esfuerzo, reflexión y ganas de seguir creciendo.


El apoyo a estas jóvenes extuteladas se enmarca en nuestro proyecto Thesan, programa de atención integral dirigido a mujeres jóvenes procedentes del sistema de protección de menores que llevamos a cabo con el apoyo de la Consejería de Inclusión Social, Juventud, Familias e Igualdad y el Ministerio de Igualdad.





