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Elige el nombre de Antonia en vez del suyo para la entrevista porque así se llamaba una persona a la que estaba muy unida y que se fue demasiado pronto. Francesa, madre de dos niñas, llegó hace dos años a Málaga donde la vida no se lo ha puesto nada fácil. Sudadera blanca, ojos expresivos, vive desde hace dos meses en un piso de acogida que mantiene la entidad y en el que ha encontrado «tranquilidad» después de aguantar el maltrato y los abusos del hombre con quien se casó en España.
«Llegar a Málaga Acoge fue para mí un alivio total, una esperanza, porque por fin iba a estar en paz junto a mis hijas«, afirma Antonia. Ahora se siente «bien y apoyada» por la asociación que conoció «de milagro» por medio de unos compatriotas. «Mi marido me golpeaba y después me pedía perdón. Cambiaba de sapo a príncipe», cuenta recordando el miedo que pasó hasta que no pudo soportarlo más y denunció.
Hija única, en su país trabajaba de reponedora en supermercados, y decidió «venderlo todo» y dejar su tierra al morir sus padres. «Yo tenía casa y empleo, pero me vi sola con las niñas y me entró ansiedad y depresión. Perder a mi madre fue un golpe que sigue doliendo y dio la vuelta a mi vida», explica Antonia. Cuenta que terminó bachiller y un grado de Informática y colaboró con la economía de su casa desde muy joven trabajando en tiendas y de camarera. «Con mi primer sueldo le compré una lavadora a mi madre», recuerda con una media sonrisa.
Mientras vivió con su marido en Málaga él no la dejó trabajar, «aunque le rogaba. Él manipulaba a su antojo». Ahora lo que más piensa y desea es conseguir un empleo. Con ese objetivo hizo unas prácticas como camarera de piso en un hotel de la costa y está buscando también en el sector de los supermercados en el que tiene experiencia. En este tiempo también se sumó a uno de nuestros encuentros de mujeres para la prevención de las violencias machistas, un espacio impulsado por el Área de Género, en el que logró, según cuenta, «relajarse, abrirse y socializar».
Habla con agradecimiento de las compañeras que le apoyan «en todo». «Siempre tratan de levantar mi autoestima. Es importante que me sienta bien para que mis niñas también lo estén», sostiene. En el tiempo de la entrevista, en un día que alterna el sol con la lluvia, sus hijas están en el colegio. La madre advierte de que también ellas lo han pasado mal con la pérdida de sus abuelos, el cambio de país y la situación de violencia que han tenido que vivir. «Para mí la familia somos mis hijas y yo nada más», asegura.
Le gusta España, pero echa de menos Francia, -«y quién no extraña su país» -. Le gustaría, si tiene ocasión, ir al cementerio donde reposan sus padres, aunque su hija piense que no están allí. «Cuando ve dos estrellas muy juntas me dice: mamá, mira, esos son los abuelos que nos protegen desde el cielo».
El apoyo a Antonia se enmarca en nuestro proyecto Sadhana Inclusión de Personas Sin Hogar acogidas en viviendas con plazas temporales que llevamos a cabo con apoyo del Instituto Andaluz de la Mujer Ministerio de Igualdad a través del Pacto de Estado contra la Violencia de Género y el Ayuntamiento de Mijas.





