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La entrada de la casa mata es un estallido verde, un rincón inundado de plantas. Allí es donde María Victoria, que padece esclerosis múltiple, pinta con la boca al caer la tarde. Apenas puede hablar; se expresa en susurros que el común de la gente apenas descifraría, pero Sara, una de sus cuidadoras, la entiende a la perfección. Con una complicidad que se nota en las sonrisas compartidas, Sara le coloca un soporte en los dientes, le acerca el pincel, dispone los óleos en un papel y va moviendo el lienzo al ritmo que ella le indica.
Sara María Viafara, colombiana de 53 años, lleva cuatro en Málaga. Su historia es la de un exilio forzado por la violencia: en su país era enfermera, farmacéutica y dueña de su propia microempresa. Tras negarse a pagar una extorsión, recibió un ultimátum de 24 horas. Tuvo que dejarlo todo. «Dejé la mitad de mi corazón en Colombia y la otra me la traje conmigo», recuerda.
Llegó a España bajo el paraguas de la protección internacional, pero la burocracia se convirtió en un muro: el ser solicitante de asilo le impedía salir de Europa durante cinco años y le bloqueaba la posibilidad de homologar sus títulos de Enfermería y Farmacología. «Negarle a uno la homologación es como atarle las manos; te niegan el derecho a ejercer tu profesión», lamenta.
Sin embargo, su camino se cruzó con el de Maida, su hermana María Victoria y la madre de ambas, una mujer de 91 años con demencia. Ese encuentro le devolvió el rumbo: «¿Cuál fue el motivo de que yo no me rindiera aquí, lejos de mi madre y de mis seres queridos? Fue María Victoria. Los días que me levanto con desánimo la miro y me digo que tengo que salir adelante porque ella me necesita. Yo soy, prácticamente, sus pies, sus manos, sus oídos y su boca. No puede valerse por sí misma, pero decide y se expresa libremente. Ella ha sido mi verdadero ejemplo de superación».
La urgencia de cuidar con dignidad
Para Maida la llegada de Sara y de otras trabajadoras migrantes ha sido, literalmente, un salvavidas. Como empleadora tiene muy clara la urgencia de dignificar estos empleos en una sociedad envejecida: «Las cuidadoras como Sara tiene un papel imprescindible. Las personas que han venido a mi casa nos han salvado la vida porque han dado garantías de calidad y seguridad a mi familia. No es fácil encontrar a alguien con esa capacidad y disponibilidad. Por eso, procuramos que tengan las espaldas cubiertas desde el punto de vista legal y les apoyamos en su regularización. Este trabajo no puede ser un espacio de abuso o explotación; los cuidados personales son muy delicados y requieren que las cuidadoras descansen y se sientan bien».
Maida insiste en que la relación con la población migrante debe ser «un intercambio en igualdad de condiciones», ya que sin ellas, el cuidado de los mayores y dependientes colapsaría la vida laboral y personal de las familias españolas.
Gracias a ese respaldo, Sara consiguió -gracias a tener tarjeta roja- un contrato legal a los seis meses de llegar, algo que sabe que es un privilegio esquivo para muchos compatriotas. «Tengo conocidas que, por no tener documentación, reciben pagos indignos; trabajar más de ocho horas por 40 euros no es justo. Con la regularización vamos a tener derecho a la seguridad social, a cotizar, a la sanidad y a una vivienda digna«, explica. Actualmente, Sara vive como interna porque los alquileres en Málaga son prohibitivos y más si no se cuenta con una situación regularizada.
El proceso de regularización extraordinaria al que Sara se ha acogido con el apoyo de Málaga Acoge ha cambiado por completo su perspectiva de futuro. Hasta ahora, su condición de asilada política la mantenía en un limbo de incertidumbre, sin saber si la protección sería aceptada o denegada.
La distancia se vuelve especialmente dolorosa al tocar la realidad familiar. Son casi cinco años sin ver a su madre, a su hija y a su nieto. El dolor hace que la voz de Sara se quiebre al confesar que apenas unos días antes de este encuentro, su padre falleció en Colombia. No pudo despedirse de él.
Por eso, la resolución favorable de este proceso no es solo un trámite, es la llave para sanar y reconstruir su vida. Con este proceso, Sara busca cumplir sus mayores anhelos: conseguir por fin la homologación de sus títulos de Enfermería y Farmacología para volver a ejercer en el área de la Salud que tanto adora, hacer un curso técnico, acceder a una vivienda digna que le permita dejar de vivir como interna y, sobre todo, lograr la estabilidad necesaria para traer a España a su hija y a su nieto para volver a abrazar a los suyos bajo un mismo techo.
«A nosotros los migrantes la regularización extraordinaria nos permite tener una vida digna», concluye Sara con la mirada brillante. «Ahora tengo una esperanza más viva. Es un descanso para mí, un sueño hecho realidad. Y si el día de mañana alguien necesita una mano amiga, poder brindársela también, que es lo que siempre me ha gustado hacer».








