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Desde el primer momento en que habla, se define como “ciudadano del mundo”. Tiene 47 años y una manera muy particular de entender la vida: cada lugar al que llega es una historia nueva que empieza a escribirse. “Tengo un poder de resiliencia que me ayuda a que cada proceso y sitio donde llego sea una historia nueva”.
Su llegada a Málaga no fue casual. Venía de un recorrido largo, tanto geográfico como emocional. Antes pasó por Sevilla, donde estuvo cinco meses, y por dos pueblos de Extremadura: Puebla de Alcollarín y Navalvillar de Pela, donde vivió los primeros meses. “Venía con un cansancio grande por no conseguir trabajo, por no estar de manera regular”. Sin embargo, decidió darle una oportunidad a la ciudad. “Cuando llegué a Málaga tenía ganas de regresar a Colombia… pero quise darle un voto de confianza a Málaga”.
Llegó en diciembre de 2024, apenas dos días antes de su cumpleaños. “Fue mi regalo”, recuerda. Y algo cambió. “De todos los sitios donde he estado, donde me he sentido más acogido ha sido en Málaga”.
Su historia migratoria no empieza en España. Colombia ocupa un lugar muy importante en su vida, aunque no sea su país natal. Llegó allí sin haberlo planeado, como un destino de paso. Los comienzos no fueron fáciles. “Al principio fue duro por la xenofobia”, explica. Pero con el tiempo, algo se transformó. “En 2016 y 2017 empecé a sentirme parte de la sociedad colombiana… de sus sabores, sus colores. Bogotá me atrapó”.
Colombia fue, en sus palabras, “un trampolín”. Un lugar donde echó raíces emocionales, donde se sintió parte. Por eso, marcharse también dolió. “Es como romper otra vez… dejar tu país natal, reconstruirte en otro, y luego volver a empezar desde cero, desde las cenizas”.
Actor y pedagogo social de formación, su camino profesional también ha estado marcado por el movimiento. Estudió Pedagogía Social en la Universidad Experimental Libertador y encontró una forma muy propia de ejercerla: “fusioné la actuación con la pedagogía, siempre hacía mis ponencias con dramatizaciones”.
Aunque no le interesaba especialmente la televisión, fue precisamente en Colombia donde empezó en ese mundo. “Fue el primer país que me abrió las puertas… y de ahí no paré”.
Migrar también implica adaptarse a lo invisible: los ritmos, el clima, el cuerpo. “He tenido trastornos del sueño desde que llegué, me ha costado muchísimo”. Aun así, intenta sostenerse en el presente: “Hay que ir reacomodando todas las piezas… hoy es un nuevo día”.
Su llegada a Málaga también marcó el inicio de su relación con Málaga Acoge. Fue gracias a su casera —una mujer que también había sido acompañada por la entidad— que conoció la asociación. Decidió acercarse, pedir cita y comenzar su proceso de regularización. “En una o dos semanas me llamaron… Antonio y Humberto me acompañaron. Éste último fue como «mi mentor”.
Este proceso le ha dado algo fundamental: tranquilidad. Pero no se quedó ahí. Quiso implicarse más. “Pregunté cómo podía hacer voluntariado”, cuenta. Tras hablar con el equipo, se incorporó como voluntario.
Desde entonces, ha acompañado a otras personas similares en procesos al suyo. “Fue pensar: cómo puedo ayudar siendo yo ayudado”. En ese camino se ha encontrado con historias que dejan huella. “Te tocan la fibra… cuando te pones en los zapatos de la otra persona, entras en esa sensibilidad”.
Su experiencia también le ha hecho reflexionar sobre los prejuicios que existen en la sociedad. “Escuchas comentarios como ‘cómo van a regularizar tantos extranjeros’… es desconocimiento de las leyes”. Lo tiene claro: “Yo no quiero que me den nada, quiero estar regular para poder avanzar y construir”.
El voluntariado le ha permitido descubrir algo esencial: el valor de los pequeños gestos. “Puedes tocar vidas a través de algo tan simple como un certificado de vulnerabilidad… cuando atiendes con una sonrisa”.
También ha aprendido que la comunicación va más allá del idioma. “Aunque no sé hablar árabe o inglés, puedo entender cómo te sientes… aquí estamos para ayudarnos”. Para él, esa es una de las experiencias más bonitas que se lleva.
Su formación como actor y pedagogo se refleja en su manera de acompañar. “Cuando entra una persona, me carga de esa energía, luego la suelta y todo fluye mejor”. Una forma de estar presente sin quedarse atrapado en el dolor ajeno.
Si algo le ha marcado especialmente de Málaga Acoge es la amabilidad. “La gratitud que uno siente en la atención”. Frente a eso, contrasta con la imagen social que a veces se tiene de las personas migrantes. “No todos vienen a delinquir, somos más los que queremos aportar”. Y añade: «Yo elegí este país. El mundo es grande y cabemos todos».
De cara al futuro, quiere retomar lo que le apasiona: actuar. “Estando de manera regular podré hacer casting, tener un número que me identifique, la seguridad social… que no te encasillen como ‘el migrante’”.
Aun así, prefiere no aferrarse a las expectativas. “No me gusta crearme expectativas para no desilusionarme… el camino es largo”. También le interesa seguir vinculado al ámbito educativo, como ya hacía en Colombia, donde impartía talleres a niños y adolescentes.
Mientras tanto, sigue implicado en el día a día del voluntariado: atendiendo llamadas, acompañando a personas, organizando la comunicación —incluso estandarizó mensajes de WhatsApp para facilitar el contacto—. Siempre con cuidado, buscando las palabras adecuadas.
Su propio proceso aún no ha terminado. “Todavía no he pagado las tasas, no he recibido la admisión a trámite de la solicitud de regularización… y estoy con esos nervios de no saber qué va a pasar”.
El día de la entrevista lleva una camiseta rosa como salpicada de pintura, gorra a juego y gafas de sol. Una imagen que, de alguna forma, resume su historia: color, movimiento y una identidad que sigue construyéndose en cada lugar.





