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María (nombre ficticio) habla con la serenidad de quien ha sobrevivido a una tormenta y ahora, por fin, puede ver el mar en calma. Sin embargo, para llegar a sentirse fuerte, tuvo que atravesar un infierno de violencia que comenzó en su Perú natal. «Llegó un momento, por la violencia que vivíamos tanto mis hijas como yo, que no pude más porque corrían riesgo nuestras vidas», confiesa. Su expareja, un hombre que conocía cada uno de sus movimientos, dónde trabajaba y con quién estaba, convirtió su existencia en un encierro a cielo abierto. «Me agarraba del cabello, me daba golpes… me decía que no servía para nada, que merecía estar muerta», recuerda con dolor.
Huyendo de ese terror, María escapó primero a Chile. Allí trabajó como interna buscando seguridad, e incluso estuvo empleada en el sector de la construcción, cambiando los papeles de oficina de su vida anterior por la pala y la espátula. Pero la distancia física no borró el miedo. Él la llamaba constantemente, amenazándola de muerte, preguntando por qué se había llevado a las niñas, de las que también había abusado. «Mi vida era temor», resume María. Incluso cuando su agresor ingresó en prisión por reincidir con otra persona, la sombra del miedo no desapareció.
Tras un breve y doloroso regreso a Perú para despedir a su abuela y sus tías, una nueva llamada amenazante fue el detonante final. María tomó a sus dos hijas y cruzó el océano hacia España en noviembre de 2024, donde residían sus hermanas. Nunca imaginó que acabaría aquí, pero era cuestión de supervivencia.
Los inicios en España fueron una carrera de obstáculos. Mientras su familia la acogía, primero en el norte y luego en el sur, María se enfrentaba al muro de la burocracia. «Fue impresionante lo que me costó sacar la cita de asilo, llamaba y llamaba y nunca cogían el teléfono», relata. La ansiedad se mezclaba con la «vergüenza» de tener que exponer su historia, esas «dos demandas tan impresionantes» por violencia y abusos.
Fue una trabajadora social quien logró agilizar su cita, abriéndole las puertas de CEAR en Málaga y, con ello, el acceso a una ayuda psicológica que jamás había podido costearse en Perú. «En mi primera cita con el psicólogo pude sentir que no estaba sola», cuenta con la voz quebrada. Fue allí donde empezó a desmontar el miedo, aprendiendo a mirar al frente después de años caminando «con la cabeza escondida y mirando al suelo como los avestruces».
El 31 de enero de 2024 marcó un nuevo hito en su recuperación al llegar a uno de los pisos de acogida de Málaga Acoge. Aunque el cambio le generaba nervios, estos se disiparon al sentir el «calor humano» del equipo. Recuerda con especial cariño a las compañeras Marina y a Manuela: «Cada vez que tocaban la puerta y me daban un abrazo, era como recibir un regalo».
En este piso, María y sus hijas han encontrado mucho más que un techo; han encontrado una familia. Conviven con mujeres de Somalia y Marruecos, compartiendo comida y cuidados. «Yo siempre les digo cuando llegan que somos una familia», dice, y agrega que se siente como una madre para las chicas más jóvenes.
Sus hijas, que en Perú no pudieron ser escolarizadas por falta de recursos para atender su discapacidad, aquí se están formando: estudian informática en una escuela para adultos, así como inglés y apoyo de lengua y matemáticas gracias a la colaboración de nuestro voluntariado. «Mis hijas anhelan el certificado de discapacidad porque quieren seguir formándose y trabajar para ayudar», explica con orgullo. Desde la asociación estamos tratando de que se la concedan cuanto antes.
Hoy, María se siente una mujer nueva. Ha realizado formaciones de envasado y empaquetado en Málaga Acoge, lo que le ha permitido conseguir un empleo en una envasadora donde pronto volverán a contar con ella. Se prepara para mudarse a un piso de alquiler, consciente de que debe dejar su plaza libre para «gente con situaciones graves que necesitan esa ayuda».
El apoyo psicológico y el acompañamiento han sido claves. Recuerda cuando le preguntó a Alba, psicóloga en la asociación, cuándo olvidaría la pesadilla. La respuesta se le quedó grabada: no se trata de olvidar, sino de creer en una misma y seguir adelante. «He recogido trozos de mi vida y los he pegado, y hoy me siento con fortaleza. He recobrado mi seguridad y me siento capaz de tomar decisiones», afirma con contundencia.
Para María, cada cita, cada gestión, ya no es un trámite, sino un paso adelante y una celebración de su existencia. «Para mí es una fiesta porque alguien se acuerda de mí, ya no soy ese puntito negro». Antes de despedirse, invierte los papeles y agradece ella la entrevista: «Porque es un espacio en el cual siento que soy importante, que mis palabras, mis vivencias, mi experiencia tienen un eco. Me siento útil y emponderada».
El apoyo a esta familia se enmarca en nuestro programa Acción Concertada de Acogida e Inclusión social de personas solicitantes de Protección Internacional que llevamos a cabo con el apoyo del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones. Dirección General de Gestión del Sistema de Acogida de Protección Temporal (Subdirección de Programas de Protección Internacional).






